El alto mando chileno, por su parte, había
reforzado las dotaciones militares desde Concepción al sur, concentrando
blindados y tropas de elite en Temuco, Valdivia y Osorno. En ambos lados de la
frontera se multiplicaba la formación de brigadas civiles. Unas pintaban con
grandes cruces rojas los techos de hospitales y de escuelas. Otras habilitaban
refugios y ensayaban evacuaciones masivas.Artículo, enviado por: Juan Guillermo Rojas Ordenes, comandante IM, de una sección, en frente del conflicto en 1978.
En Coyhaique se estructuraron brigadas de
escombros, ante lo que se consideraba un inminente bombardeo de la ciudad. Se
sucedían los ejercicios de oscurecimiento y el ulular de sirenas estremecía por
las noches a los angustiados habitantes de las zonas fronterizas.
Desde fines de septiembre de ese año, los
operadores de los radares del centro de control aeronáutico ubicado en la
cumbre del cerro Renca, en Santiago, detectaban periódicamente el ingreso de
aviones de guerra argentinos al espacio aéreo chileno. Cuando los cazas de la
FACh levantaban vuelo desde sus bases en Santiago para salir a interceptarlos,
las naves trasandinas retornaban a su territorio.
Las fuerzas militares chilenas instaladas en
el norte del país se mantuvieron íntegras en sus destinaciones. Los altos
mandos no descartaban una posible guerra simultánea con Argentina, Perú y
Bolivia, la temida Hipótesis Vecinal Tres, la HV-3. También estaban listas para
emprender lo que denominaban “un gancho de izquierda”, un ataque relámpago
hacia el norte argentino rumbo a Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba,
situándose en la puerta norte de Buenos Aires.
Los estrategas y analistas criollos confiaban
en el escalamiento continental del conflicto con Argentina. Los peruanos no
podían descuidar su frontera norte, donde los ecuatorianos deseaban recuperar
los territorios amazónicos que les arrebató el país del Rimac en 1941. También
se esperaba una intervención de Brasil para evitar el expansionismo argentino.
El principal temor de los generales era la
mermada capacidad de la FACh, muy afectada por la enmienda Kennedy que prohibió
en 1976 la venta de armas y repuestos estadounidenses a Chile por el asesinato
de Orlando Letelier en Washington en 1976. La fuerza área argentina, además,
contaba con más del doble de los aviones de guerra chilenos, y con una evidente
superioridad estratégica. Ellos disponían de bases muy cercanas a la cordillera
a lo largo de toda la frontera y en cuestión de minutos podían estar sobre
territorio chileno. Como Chile no estaba dispuesto a iniciar el fuego,
disponían también de la iniciativa y eso, en la guerra aérea, puede resultar
decisivo.
La FACh se había estremecido a fines de julio
de 1978, cuando la Junta Militar destituyó a su comandante en jefe, el general
Gustavo Leigh, y otros 17 generales se acogieron a retiro solidarizando con su
jefe. Había asumido en su reemplazo el general Fernando Matthei.
El general Augusto Pinochet y los mandos del
Ejército confiaban en la capacidad de la Armada, varios de cuyos y otros
equipamientos bélicos, buques, habían sido renovados durante el gobierno del
presidente Eduardo Frei Montalva. Cinco mil infantes de marina estaban
desplegados en las islas australes amenazadas, esperaban contener la invasión
argentina e iniciar una fulminante contraofensiva hacia la Patagonia
trasandina.
Pinochet, basado en los planes estratégicos
que había desarrollado la Academia de Guerra, se preocupó durante gran parte de
1978 de preparar rigurosamente la infantería. Creía que la lucha sería larga y
sangrienta, pero que finalmente se impondría sobre las tropas enemigas.Lo mismo creía el canciller Hernán Cubillos,
quien incluso afirmaría dos décadas después que estaba seguro de que tras una
prolongada guerra las fuerzas chilenas llegarían a invadir Buenos Aires.
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