viernes, 15 de noviembre de 2024

Casi guerra 1978

El alto mando chileno, por su parte, había reforzado las dotaciones militares desde Concepción al sur, concentrando blindados y tropas de elite en Temuco, Valdivia y Osorno. En ambos lados de la frontera se multiplicaba la formación de brigadas civiles. Unas pintaban con grandes cruces rojas los techos de hospitales y de escuelas. Otras habilitaban refugios y ensayaban evacuaciones masivas.
Artículo, enviado por: Juan Guillermo Rojas Ordenes, comandante IM, de una sección, en frente del conflicto en 1978.
En Coyhaique se estructuraron brigadas de escombros, ante lo que se consideraba un inminente bombardeo de la ciudad. Se sucedían los ejercicios de oscurecimiento y el ulular de sirenas estremecía por las noches a los angustiados habitantes de las zonas fronterizas.

Desde fines de septiembre de ese año, los operadores de los radares del centro de control aeronáutico ubicado en la cumbre del cerro Renca, en Santiago, detectaban periódicamente el ingreso de aviones de guerra argentinos al espacio aéreo chileno. Cuando los cazas de la FACh levantaban vuelo desde sus bases en Santiago para salir a interceptarlos, las naves trasandinas retornaban a su territorio.

Las fuerzas militares chilenas instaladas en el norte del país se mantuvieron íntegras en sus destinaciones. Los altos mandos no descartaban una posible guerra simultánea con Argentina, Perú y Bolivia, la temida Hipótesis Vecinal Tres, la HV-3. También estaban listas para emprender lo que denominaban “un gancho de izquierda”, un ataque relámpago hacia el norte argentino rumbo a Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba, situándose en la puerta norte de Buenos Aires.

Los estrategas y analistas criollos confiaban en el escalamiento continental del conflicto con Argentina. Los peruanos no podían descuidar su frontera norte, donde los ecuatorianos deseaban recuperar los territorios amazónicos que les arrebató el país del Rimac en 1941. También se esperaba una intervención de Brasil para evitar el expansionismo argentino.

El principal temor de los generales era la mermada capacidad de la FACh, muy afectada por la enmienda Kennedy que prohibió en 1976 la venta de armas y repuestos estadounidenses a Chile por el asesinato de Orlando Letelier en Washington en 1976. La fuerza área argentina, además, contaba con más del doble de los aviones de guerra chilenos, y con una evidente superioridad estratégica. Ellos disponían de bases muy cercanas a la cordillera a lo largo de toda la frontera y en cuestión de minutos podían estar sobre territorio chileno. Como Chile no estaba dispuesto a iniciar el fuego, disponían también de la iniciativa y eso, en la guerra aérea, puede resultar decisivo.

La FACh se había estremecido a fines de julio de 1978, cuando la Junta Militar destituyó a su comandante en jefe, el general Gustavo Leigh, y otros 17 generales se acogieron a retiro solidarizando con su jefe. Había asumido en su reemplazo el general Fernando Matthei.

El general Augusto Pinochet y los mandos del Ejército confiaban en la capacidad de la Armada, varios de cuyos y otros equipamientos bélicos, buques, habían sido renovados durante el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva. Cinco mil infantes de marina estaban desplegados en las islas australes amenazadas, esperaban contener la invasión argentina e iniciar una fulminante contraofensiva hacia la Patagonia trasandina.

Pinochet, basado en los planes estratégicos que había desarrollado la Academia de Guerra, se preocupó durante gran parte de 1978 de preparar rigurosamente la infantería. Creía que la lucha sería larga y sangrienta, pero que finalmente se impondría sobre las tropas enemigas.

Lo mismo creía el canciller Hernán Cubillos, quien incluso afirmaría dos décadas después que estaba seguro de que tras una prolongada guerra las fuerzas chilenas llegarían a invadir Buenos Aires.

https://interferencia.cl/articulos/1978-el-ano-en-que-vivimos-en-peligro

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