sábado, 16 de julio de 2022

Casi guerra 1978

A finales de los años 70, las dictaduras militares de Argentina y Chile estuvieron a punto de desatar un conflicto en el Cono Sur a cuentas de un problema fronterizo en su extremo más austral: el Canal de Beagle. El conflicto mostró la dificultad de negociar asuntos fronterizos entre dos dictaduras autoritarias, dispuestas a desencadenar un conflicto bélico a cuentas del orgullo nacional, a pesar de estar en el mismo bando de la Guerra Fría y cometer ambas extensas violaciones de DDHH contra la oposición de izquierdas.

Desde el siglo XIX ambos países arrastraban un complejo conflicto fronterizo a cuentas de un inmenso límite de más de 5000 kilómetros, en especial en el extremo Sur. Este era de más reciente conquista y una importancia geopolítica crucial, ya que controla marítimamente el cabo de Hornos, único paso interoceánico natural entre el Pacífico y el Atlántico junto al artificial canal de Panamá, además de ser clave para reclamar derechos en la Antártida y los recursos que puedan contener esas inmensas aguas.

En 1881 se firmó un tratado en el que Argentina renunciaba a las costas y aguas del Estrecho de Magallanes, mientras que Chile hacía lo propio con la Patagonia. Esto último para Chile era una dolorosa renuncia al Atlántico, solo posible al estar a su vez en conflicto con Bolivia y Perú. El escrito también adjudicaba a Chile “todas las islas al sur del Canal de Beagle hasta el Cabo de Hornos y las que haya al occidente de Tierra de Fuego”. La ambigüedad de esta frase, al no mencionar expresamente por donde pasaba exactamente el Canal de Beagle ni que islas e islotes quedaban a un lado y a otro, será el origen de las nuevas disputas. Estas tendrán su epicentro en torno a las islas Picton, Nueva y Lennox, pero también en otros islotes menores y el dominio de los enormes mares circundantes.

Situación geográfica de las zonas en litigio, las islas Picton, Lennox y Nueva, con su enorme proyección marítima en una zona estratégicamente clave como es el único paso natural entre el Atlántico y el Pacífico, aparte de la puerta a la Antártida.

Durante las décadas siguientes, el litigio siguió latente, con constantes intentos fallidos de resolverlo, mientras Chile colonizaba las islas en cuestión. Las reclamaciones diplomáticas y los incidentes menores se sucedían y, tras múltiples fracasos, a principios de los años 70, Chile llevó la disputa al arbitraje de la Corona Británica. Sorprendentemente, Argentina, en principio más partidaria de una solución bilateral que de una jurídica a priori desfavorable, aceptó ese arbitraje. Inglaterra formó un tribunal con cinco magistrados de la Corte Internacional de Justicia, que falló unánimemente a favor de Chile en mayo de 1977. En esa fecha, a un lado de los Andes estaba al mando el general Augusto Pinochet y, al otro, una junta militar con el también general Jorge Rafael Videla al frente.

Pueden parecer regímenes similares, pero la toma de decisiones era muy diferente en cada uno de ellos, lo que afectará de lleno al conflicto que habría de venir. El poder en la dictadura chilena estaba muy concentrado en el dictador y su entorno. Sin embargo, en la parte argentina la situación era más caótica, ya que el poder lo compartían las tres ramas de las fuerzas armadas, con intereses y lealtades muy diversas que minaban la presidencia. Esto, con sectores del ejército, y especialmente la Armada, clamando por la “patria mutilada” y una posición intransigente, era potencialmente peligroso.

A principios de los 70, ambos países acordaron acudir al arbitraje de la Corona Británica, tal y como estipulaban los tratados. Esta formó un grupo de juristas que fallaron en favor de Chile.

Así pues, tras conocer el arbitraje, el gobierno chileno se apresuró a reconocerlo, instalando a su vez puestos militares en las islas. Sin embargo, la respuesta argentina fue tajante, anunciando el canciller César Guzzetti que “ningún compromiso obliga a cumplir aquello que afecte intereses vitales de la Nación o que perjudique derechos de soberanía que hayan sido expresamente sometidos a la decisión del árbitro”. Videla se encontraba muy presionado por los sectores belicistas de su propio ejército, y optó por forzar una solución negociada con Chile mediante una extensa movilización militar a modo de presión y ultimátum. Los duros veían la oportunidad de doblegar a un Chile debilitado, con la justicia internacional de su parte, pero muy aislado internacionalmente, ya que había tenido la osadía de llevar la violación de DDHH a la mismísima capital de EEUU y torturar a una doctora británica.

Este aislamiento internacional, incluida la dificultad de rearmarse -que provocó que Chile acudiese a mercados asiáticos en negro y a sobreprecio-, hizo que la dictadura de Pinochet apostara por una estrategia defensiva. Esta consistía en intensivos entrenamientos de sus fuerzas armadas y la fortificación a conciencia de los territorios en liza, esperando una posible ofensiva argentina. La intención era enfrentarla o disuadirla, a la vez que se abría a negociar a pesar de tener la legalidad internacional de su lado. Si bien los números y el armamento estaban en contra del lado chileno, no debía subestimarse la fortificación de sus posiciones y su moral, unida al mito de invencibilidad en diversos conflictos con sus vecinos (Perú, Bolivia). Además, estamos en los años posteriores a las sorprendentes victorias israelíes frente a sus numerosos adversarios, un paralelismo que el ejército chileno estudió detenidamente.

La junta militar argentina era un pacto entre las ramas de sus fuerzas armadas, lo cual generaba conflictos a la hora de tomar decisiones y una oportunidad a los más duros para sabotear las negociaciones y apostar por una escalada en busca de una solución de máximos.

En la segunda mitad de 1977 y durante 1978, tuvieron lugar intentos de una negociación bilateral con diversos encuentros entre los dictadores (enero y febrero de 1978, en Mendoza y Puerto Montt). Pero el fracaso de las negociaciones y la posición argentina, calentaron a los sectores duros del gobierno chileno, partidarios de seguir la vía jurídica en la Corte Penal Internacional de la Haya, y a la prensa nacionalista de ambos países, siempre incendiaria. Si bien en Argentina el propio Videla tenía sus dudas, la presión interna y el temor a ser derrocado en caso de contradecir a los intransigentes le empujaron a apostar definitivamente por la escalada militar.

Entre mediados de 1977 y durante 1978, ambos dictadores se reunieron en dos ocasiones y trataron de establecer comisiones negociadoras. Sin embargo, el fracaso estrepitoso de estas gestiones reforzó a los intransigentes en ambos lados y acercó el conflicto.

La guerra estaba definitivamente sobre la mesa. Ambos países movilizaron sus tropas en la frontera, los argentinos preparando una ofensiva y los chilenos una defensa y posterior contraofensiva. Todo esto alarmó a ciertos actores internacionales. Por un lado, estaba EEUU que, en un contexto de Guerra Fría, veía con horror como dos dictaduras militares y anticomunistas en su área de influencia estaban a punto de chocar. Por otro lado, estaba la Iglesia Católica, preocupada de ver a dos países católicos enfrentados, y con una enorme influencia y autoridad moral sobre sus respectivas fuerzas armadas. Desde sectores militares, especialmente por el propio Videla, se ha dicho sin ninguna prueba que la URSS y Cuba trataron de empujar para que las negociaciones fracasaran y el conflicto estallase.

La tensión también atrajo a otros actores potencialmente interesados por el conflicto a nivel regional frente a un enemigo común, ya que Chile estaba pendiente de las aspiraciones de Perú y Bolivia, a la vez que Argentina tenía frentes abiertos con Brasil y Reino Unido (Malvinas). Al parecer hubo infructuosas consultas argentinas para garantizarse el apoyo peruano, país que precisamente unos años antes, en 1975, también había planeado atacar a Chile para retomar junto a Bolivia el territorio perdido un siglo antes en la Guerra del Pacífico (1879 – 1884). Los planes fueron frustrados ya que, a diferencia de su predecesor, el general peruano Francisco Morales Bermúdez no tenía ningún ansia por invadir Chile con el numeroso armamento soviético comprado, desaprovechando la oportunidad histórica que Argentina le brindaba de hacer una pinza mortal a un país sin profundidad estratégica. Su proyecto no era la guerra contra Chile, sino cambiar la brújula económica y política del país, sin romper con la URSS.

El asesinato del ex-canciller chileno mediante una bomba Orlando Letelier en Washington (1976) enturbió definitivamente la imagen de Pinochet en el exterior. Una cosa era violar los DDHH en el interior como hacían Argentina y Chile, otra llevar estas violaciones a ciudadanos extranjeros o a las mismas puertas de la Casa Blanca.

En 1975 el general peruano Juan Velasco Alvarado planeó invadir Chile en una masiva ofensiva utilizando el numeroso y avanzado material soviético (T-55) que había adquirido. El golpe de Pinochet fue una razón para este plan, ya que el general era aliado de la URSS y Cuba, y tenía una buena relación con el asesinado Allende. Pero el motivo principal fue sin duda retomar Arica, el territorio perdido un siglo antes. El plan se frustró por la delicada salud del general y decisión de su sucesor, el general Francisco Morales Bermúdez, de evitarlo. Esto no impidió que el Norte de Chile se sembrara con 80000 minas y enormes fortificaciones, amenazando con llevar la Guerra Fría en Sudamérica a un nivel interestatal, más allá de la guerrilla y el foquismo.

Retomando el hilo de los acontecimientos en el Canal de Beagle, a finales de diciembre de 1978 la guerra se aproximaba peligrosamente. Entre los días 21-22 la sangre estuvo a punto de llegar al río, con la proyectada Operación Soberanía por parte de Argentina. Esta consistía en una invasión terrestre y naval argentina sobre las zonas en litigio y el Chile continental, fuertemente protegidas por la armada y el ejército chilenos. Más de 100000 soldados argentinos se desplegaron en la frontera chilena, mientras las inferiores fuerzas chilenas se preparaban para enfrentar la arremetida y ambas flotas se disponían a colisionar.

In extremis, la presidencia argentina logró arrebatar el control de las negociaciones al ala dura, haciéndolo recaer en diplomáticos civiles. De este modo, se posibilitaba la materialización de la mediación papal, al aceptarla también Chile. A pesar de tener la batalla legal ganada, el gobierno chileno temía un contexto internacional adverso y veía inminente la ofensiva argentina. El 26 de diciembre aterrizó en la zona el nuncio papal, el cardenal Antonio Samoré. Este comenzó una serie de contactos y negociaciones que hicieron que el 8 de enero de 1979 ambos países firmen el Acta de Montevideo, pidiendo formalmente la intervención del Vaticano y renunciando a resolver el problema por la fuerza. Era el mediador perfecto, ya que ninguno de los dos regímenes podía enfrentarse a la Iglesia, dado el enorme peso moral que tenía en sus respectivos sistemas.

La diplomacia vaticana empezó a trabajar, entregando a ambas partes una propuesta de solución en diciembre de 1980, según la cual Chile conservaba las islas con 12 millas de mar, mientras que un inmenso dominio marino de 118000 km cuadrados quedaría bajo jurisdicción argentina, aunque Chile gozaría del 50% de sus recursos. De nuevo se repitió el mismo resultado, con Chile aceptando la propuesta y el régimen militar argentino desgarrándose internamente al no poder rechazar directamente una propuesta del Vaticano, pero tampoco claudicar ante la presión interna nacionalista.

El Vaticano fue el mediador perfecto en el conflicto, ya que ambas dictaduras militares se jactaban de ser profundamente católicas, lo cual lo convertía en un referente moral a quien no podían contradecir.

Durante numerosos meses el escenario se congeló, pareciendo estar cercano al naufragio por diversos hechos. En primer lugar, ambos países detuvieron a ciudadanos del otro acusándolos de espionaje, llegando a cerrarse la frontera por el arresto de dos oficiales argentinos. Además, en mayo de 1981 el Juan Pablo II sufre un atentado, mermando su capacidad negociadora, a la vez que falleció el nuncio papal Antonio Samoré, enviado especial fundamental en la resolución de la crisis inicial. Mientras tanto, en Argentina los halcones tomaron el poder de la mano del general Galtieri, retirándose de los acuerdos internacionales que permitían acudir a Chile a la Haya y estallando la Guerra de las Malvinas (1982) con Reino Unido. Se trataba de una apuesta por el patriotismo para tratar de salvar al régimen, con el justificado temor chileno de que una victoria envalentonase a los militares porteños para retomar la Operación Soberanía. De hecho, Chile apoyó logísticamente a los británicos, aparte consolidarse desde entonces como puerto seguro de abastecimiento para unos isleños aislados geográficamente de su metrópoli, levantando más ampollas en el nacionalismo argentino.

La situación de bloqueo se resolvió al perder Argentina la Guerra de las Malvinas y ganar Raúl Alfonsín las elecciones (30 octubre 1983), volviendo la democracia. Se retomaron las negociaciones y, en octubre de 1984, se llegó por fin al acuerdo definitivo. Se solventaba el litigio reconociendo la soberanía chilena de las islas, 3 millas circundantes y solo 9800 km cuadrados de los 118000 en liza, aparte de garantizar unos regímenes de navegación aceptables y establecer un sistema de litigios, con el Papa como garante. Aparte de todo ello, el acuerdo iba mucho más allá, apostando por una mayor integración económica y política de ambos países, construyendo infraestructuras e intereses comunes.

Pero el asunto no terminó aquí, ya que, una vez logrado el acuerdo, había que venderlo a la siempre delicada opinión pública nacional. A ambos lados no faltaron exaltados militares y nacionalistas que consideraron el tratado una traición. En el caso chileno, donde aún resistió la dictadura de Pinochet hasta 1991, se le achacó no haber seguido la vía legalista hasta el final y ceder parte del mar con una sentencia favorable. En Argentina, ya en democracia, hubo una oposición similar desde los militares, pero fue acallada de forma sonora por el gobierno de Raúl Alfonsín mediante un referéndum el 25 de noviembre en el que ganó contundentemente con un 81% a favor y una participación del 70%.

El acuerdo final entre ambos países con la mediación vaticana. (Imagen: Rey Caro, 1986)

La propuesta inicial del Vaticano implicaba colocar las islas en manos chilenas y, buena parte de la zona marítima en disputa, en una zona de actividades comunes bajo jurisdicción argentina. Esta fórmula, de nuevo, fue rechazada por la parte argentina. (Fuente: Rey Caro, 1987: 157)

Finalmente, el 29 de noviembre de 1984 se firmó en Roma el Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile, ratificado en mayo de 1985 por ambos gobiernos. Se cerraba así un conflicto de un siglo y empezaba una positiva relación de vecindad tras haber estado al borde un conflicto armado. El referéndum argentino no solo dio un sí a un tratado, reforzó la democracia argentina y derrotó a los fantasmas del pasado. No solo se solventó un caramelo envenenado legado por el anterior régimen, sino que el referéndum fue la mejor materialización de que la toma de decisiones ya no se realizaba en los cuarteles. Del conflicto solo quedan ya las ruinas de las posiciones defensivas chilenas, incluidos los campos de minas que se siguen desactivando hoy en día.

Lo que ocurrió estos años a cuenta del Canal de Beagle es un caso paradigmático de choque entre dos dictaduras militares de ultraderecha, rompiendo la visión binaria y monolítica de la Guerra Fría y dando protagonismo al arbitraje y la mediación, en este caso por parte de la Corona Británica y el Vaticano. La mediación eclesial fue efectiva en este caso, con el ejército dividido y la Iglesia unida en evitar un conflicto fratricida, pero no fue así en el caso de los DDHH, en el cual la situación inversa, con el ejército unido a su favor y la Iglesia dividida. El caso también deja al desnudo la complejidad de la toma de decisiones en una dictadura militar más allá de las apariencias y es un preludio del ataque a las Malvinas, donde las amenazas y preparativos argentinos terminarán ejecutándose con desastrosas consecuencias.

Muchas veces se analizan los conflictos que han llegado a estallar, y se olvidan aquellos que se evitaron, salvando a las poblaciones de la peor de las situaciones posibles frente a las siempre existentes voces que llaman a derramar sangre. El desastre estuvo cercano entre estos dos regímenes militares, aparentemente aliados en lo ideológico, pero enemigos en cuanto a intereses nacionales. La importancia de la nación y la religión, de las vísceras y los mitos frente a la razón queda plasmada en esta crisis que, si algo bueno nos ha dejado, ha sido la voz de León Gieco cantando a la paz, mostrando que no todo eran proclamas chovinistas.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

*  Alles, Santiago M. “De la Crisis del Beagle al Acta de Montevideo de 1979: el establecimiento de la Mediación en un juego de dos niveles”, Revista del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, Nº 169, 2011, pgs. 79-117.

*  Briceño Monzón, Claudio Albert. “La frontera chilena – argentina: la controversia por el Canal de Beagle”, Tiempo y Espacio. Vol. 32, Nº 62, 2014.

*  Bustamante Olguín, Fabián Gaspar. “Un enfoque idealista de las relaciones internacionales en el conflicto del Beagle entre Chile y Argentina. La mediación de la Santa Sede, 1979 – 1984”, Revista Cultura y religión, Vol. 4, Nº 2, 2010

*  Rey Caro, Ernesto J. “La cuestión del Beagle. La solución a un conflicto centenario”, Anuario Argentino de Derecho Internacional, II, Córdoba [Argentina], 1986.

*  Rodríguez Elizondo, José. Chile-Perú: temas para después de La Haya: Augusto Pinochet, la concertación y Sebastián Piñera ante la estrategia peruana, Planeta Chilena, Santiago de Chile, 2010.

Villar, Andrés. “El desconocido papel de Estados Unidos en la crisis del Canal de Beagle”, Revista del Instituto de Estudios internacionales de la Universidad de Chile, Nº 178, 2014, pgs. 35-64.

* Gieco, León. Solo le pido a Dios (1978) canción ante el inminente conflicto entre Chile y Argentina. 

https://www.youtube.com/watch?v=Gvyl_zdji2k

*Fuente: https://archivoshistoria.com/la-cuasiguerra-entre-chile-y-argentina-en-1978

viernes, 15 de julio de 2022

Salida al Mar

La Corte de La Haya concluye que Chile no está obligado a negociar con Bolivia el acceso al mar - Publicado:1 oct 2018 11:52 GMT

La lectura del fallo se realizó en la sede del alto tribunal de la Organización de las Naciones Unidas.

Gran Salón de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en La Haya. 1 de octubre de 2018.Jerry Lampen / ANP / AFP

La Corte Internacional de Justicia (CIJ) emitió este lunes su sentencia sobre la demanda marítima de Bolivia ante Chile y concluyó que Santiago no está obligado "jurídicamente a negociar un acceso soberano al oceáno Pacífico para el Estado plurinacional" boliviano.

La decisión fue tomada por una votación de 12 votos a favor de Chile y 3 en contra, según informó el presidente del tribunal, Abdulqawi Ahmed Yusuf, quien leyó el fallo. 

La lectura del fallo se realizó en la sede del alto tribunal de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a las 15:00 (hora local) de La Haya. A la cita acudió el presidente boliviano, Evo Morales; mientras que, su par chileno, Sebastián Piñera, siguió la audiencia desde Santiago.

Los magistrados instaron a ambos países a continuar con "los diálogos y la buena vecindad".

Esta sentencia supone la finalización de una prolongada disputa judicial, ya que las decisiones de la CIJ son inapelables y de obligatorio cumplimiento.

El Estado Plurinacional de Bolivia demandó a Chile ante la CIJ en 2013, como último recurso legal para solventar su problema de mediterraneidad; es decir, su falta de salida al mar, luego que perdiera una amplia extensión de su territorio tras una guerra.

Origen del conflicto

En 1825, cuando Bolivia logró independizarse de España, su territorio poseía 400 kilómetros de costa a orillas del océano Pacífico.

Pero en 1879 se desata la guerra del Pacífico, o guerra del Guano y el Salitre, que enfrentó a Chile contra los aliados Bolivia y Perú.

El conflicto bélico se prolongó hasta 1883, fecha en que el Estado peruano se vio forzado a entregar el Departamento de Tarapacá y la Provincia de Arica, mientras que la parte boliviana debió desprenderse de su salida al mar al entregar el Departamento del Litoral, una extensión de 120.000 kilómetros cuadrados que incluye 400 kilómetros lineales de costa.

Luego de varios años de negociación, se firma el Tratado de 1904 en el que Bolivia acepta la cesión absoluta y perpetua de los territorios que fueron ocupados por Chile durante el conflicto armado.

Algunos reclamos

El Tratado de 1904 no puso fin al conflicto binacional. Poco tiempo después se inició una cadena de reclamos bolivianos y el consecuente deterioro de las relaciones diplomáticas con Chile. Algunos de esos reclamos fueron:

·         1920: Bolivia plantea por primera vez, ante la Liga de las Naciones, revisar el Tratado de 1904. Una gestión que termina sin éxito.

·         1975: Los dictadores Hugo Banzer (Bolivia) y Augusto Pinochet (Chile) protagonizan el famoso abrazo de Charaña, que da inicio a una negociación sobre la demanda boliviana. Sin embargo, en 1979 fracasa la negociación iniciada por los dictadores y se rompen las relaciones diplomáticas.

·         1979: La Organización de Estados Americanos (OEA) por primera vez declara que "la cuestión marítima es un asunto de interés hemisférico permanente".

·         1989: La ONU acepta incluir la demanda boliviana como tema de cualquier sesión a pedido de una de las partes. Esta referencia consta en un un informe entregado a la OEA en 2008 por el entonces canciller de Bolivia, David Choquehuanca.

·         1992: Los presidentes de Bolivia, Jaime Paz Zamora, y de Perú, Alberto Fujimori, firman un acuerdo que concede a Bolivia una salida al océano Pacífico por el puerto de Ilo, hasta hoy sin uso.

·         2006: Los presidentes Evo Morales (Bolivia) y Michelle Bachelet (Chile) establecen una agenda de trece puntos que incluye el tema del mar.

·         2013: A 134 años del inicio de la Guerra del Pacífico, Evo Morales reitera que el diferendo se resolverá en el marco del Estado de Derecho vigente en el país. Semanas más tarde, Bolivia anuncia que demandará a Chile ante los tribunales internacionales para que atienda su reclamación marítima. Y Chile responde que una demanda sería un serio obstáculo en las relaciones bilaterales.

Habla La CIJ

Así, el 24 de septiembre de 2015, la CIJ se declaró competente para dirimir el litigio que presentó Bolivia contra Chile por la salida al mar.

El Gobierno chileno argumentó en ese momento que el organismo no tenía jurisdicción sobre la disputa territorial, debido a que el tribunal fue creado después del acuerdo de 1904, en el que los bolivianos firmaron la cesión absoluta y perpetua de los territorios ocupados.

Una vista general de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, Países Bajos, 27 de agosto de 2018Piroschka Van De Wouw / Reuters
No obstante, los magistrados de la CIJ decidieron con 14 votos a favor y dos en contra rechazar la impugnación chilena y declararse competentes para considerar la demanda de Bolivia.

De esta manera, durante el pasado mes de marzo, los equipos legales de ambas naciones presentaron sus alegatos en La Haya.

Petición de Bolivia

El Gobierno de Evo Morales elaboró un texto titulado 'El Libro del Mar', donde se exponen los argumentos históricos y legales que presentó al CIJ.

En concreto, Bolivia pedía al tribunal de La Haya que dictara sentencia sobre la obligación chilena de negociar un acuerdo que le otorgue una salida plenamente soberana al Océano Pacífico a los bolivianos, que quede constancia de que Santiago ha incumplido esa obligación, y que Chile debe actuar de buena fe y en un plazo razonable.

Posición de Chile

Tras conocerse que la CIJ se declaraba competente para atender la petición boliviana, la entonces presidenta Michelle Bachelet calificó la demanda como "carente de toda base" pues "confunde derechos con aspiraciones y tergiversa completamente lo que ha sido la historia" entre ambos países.

Poco después, al asumir su segundo mandato (11 de marzo de 2018), Sebastián Piñera declaró que "Chile no va a perder territorio, mar, integridad territorial o soberanía", independientemente del fallo del tribunal de La Haya.

Vale recordar que en su anterior mandato (2010-2014), el presidente Piñera fue quien decidió congelar una serie de acuerdos exploratorios conocidos como la agenda de los 13 puntos, que habían iniciado en 2006 los presidentes Morales y Bachelet.

Por su parte, Daniel Bethlehem, uno de los abogados de la parte chilena, dijo que, al entablar el juicio, Bolivia recurre al sentimiento y no al derecho.

Por último, el equipo legal que defiende la posición chilena anunció, luego de entregar su dúplica a los alegatos bolivianos, que no tienen ninguna obligación para entregar a Bolivia un acceso al Pacífico, y en el caso de que se presente un fallo desfavorable para ellos, Bolivia no tendría derecho a una soberanía territorial en su país.

El día después

En opinión del general Edwin de la Fuente, excomandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Bolivia, tanto el Gobierno como el pueblo "están preparados para el día siguiente al fallo de la CIJ".

El entrevistado aseguró que existe una "unidad inquebrantable" de todo el país en torno al reclamo marítimo.

Sobre las declaraciones chilenas en las que niegan la posibilidad de devolver el territorio a Bolivia, el también historiador cree que son expresiones "de la boca para afuera, pero sin trascendencia diplomática", ya que "nadie puede vivir, interna o externamente, al margen de la Ley".

Además De la Fuente considera que el fallo de la CIJ "iniciará una nueva era con los hermanos chilenos, no solo de entendimiento, sino de paz en provecho de nuestros pueblos".

¿Final o inicio?

Para Máximo Quitral, historiador y politólogo de la Universidad Tecnológica Metropolitana de Chile (UTEM), la sentencia de la CIJ no acabará con la controversia. "Todo lo contrario. Con el fallo se abre un nuevo ciclo en la aspiración marítima de Bolivia", apunta.

Al ser un objetivo Constitucional, explica el historiador, Bolivia no descansará hasta alcanzar un acuerdo con Chile para conseguir un acceso al Pacífico, "puesto que se ha fijado como meta histórica esta acabar con su mediterraneidad".

Además, el académico recuerda que las relaciones chileno-bolivianas han estado marcadas por la conflictividad en la diplomacia, debido al tema de la salida al mar.

"Entendiendo eso, siento que esta situación se mantendrá por un tiempo porque existe desconfianza. Entonces, mientras ambos países no sean capaces de construir agendas de cooperación, la conflictividad seguirá teniendo un rol fundamental dentro de su historia política", finaliza Máximo Quitral.

En cualquier caso, la decisión de la CIJ marca un precedente histórico en la aspiración boliviana de recuperar su salida al mar con soberanía.

Ernesto J. Navarro

 

https://actualidad.rt.com/actualidad/290371-bolivia-chile-fallo-demanda-maritima

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