Casi guerra 1978
A finales de los años 70, las dictaduras militares de Argentina y Chile estuvieron a punto de desatar un conflicto en el Cono Sur a cuentas de un problema fronterizo en su extremo más austral: el Canal de Beagle. El conflicto mostró la dificultad de negociar asuntos fronterizos entre dos dictaduras autoritarias, dispuestas a desencadenar un conflicto bélico a cuentas del orgullo nacional, a pesar de estar en el mismo bando de la Guerra Fría y cometer ambas extensas violaciones de DDHH contra la oposición de izquierdas.
Desde el siglo XIX ambos países arrastraban un
complejo conflicto fronterizo a cuentas de un inmenso límite de más de 5000
kilómetros, en especial en el extremo Sur. Este era de más reciente conquista y
una importancia geopolítica crucial, ya que controla marítimamente el cabo de
Hornos, único paso interoceánico natural entre el Pacífico y el Atlántico junto
al artificial canal de Panamá, además de ser clave para reclamar derechos en la
Antártida y los recursos que puedan contener esas inmensas aguas.
En 1881 se firmó un tratado en el que Argentina
renunciaba a las costas y aguas del Estrecho de Magallanes, mientras que Chile
hacía lo propio con la Patagonia. Esto último para Chile era una dolorosa
renuncia al Atlántico, solo posible al estar a su vez en conflicto con Bolivia
y Perú. El escrito también adjudicaba a Chile “todas las islas al sur del Canal
de Beagle hasta el Cabo de Hornos y las que haya al occidente de Tierra de
Fuego”. La ambigüedad de esta frase, al no mencionar expresamente por donde
pasaba exactamente el Canal de Beagle ni que islas e islotes quedaban a un lado
y a otro, será el origen de las nuevas disputas. Estas tendrán su epicentro en
torno a las islas Picton, Nueva y Lennox, pero también en otros islotes menores
y el dominio de los enormes mares circundantes.
Durante
las décadas siguientes, el litigio siguió latente, con constantes intentos
fallidos de resolverlo, mientras Chile colonizaba las islas en cuestión. Las
reclamaciones diplomáticas y los incidentes menores se sucedían y, tras
múltiples fracasos, a principios de los años 70, Chile llevó la disputa al
arbitraje de la Corona Británica. Sorprendentemente, Argentina, en principio
más partidaria de una solución bilateral que de una jurídica a priori
desfavorable, aceptó ese arbitraje. Inglaterra formó un tribunal con cinco magistrados
de la Corte Internacional de Justicia, que falló unánimemente a favor de Chile
en mayo de 1977. En esa fecha, a un lado de los Andes estaba al mando el
general Augusto Pinochet y, al otro, una junta militar con el también general
Jorge Rafael Videla al frente.
Pueden parecer regímenes similares, pero la toma de decisiones era muy diferente en cada uno de ellos, lo que afectará de lleno al conflicto que habría de venir. El poder en la dictadura chilena estaba muy concentrado en el dictador y su entorno. Sin embargo, en la parte argentina la situación era más caótica, ya que el poder lo compartían las tres ramas de las fuerzas armadas, con intereses y lealtades muy diversas que minaban la presidencia. Esto, con sectores del ejército, y especialmente la Armada, clamando por la “patria mutilada” y una posición intransigente, era potencialmente peligroso.
A principios de los 70, ambos países acordaron acudir al arbitraje de la Corona Británica, tal y como estipulaban los tratados. Esta formó un grupo de juristas que fallaron en favor de Chile.Así pues, tras conocer el arbitraje, el gobierno chileno se apresuró a reconocerlo, instalando a su vez puestos militares en las islas. Sin embargo, la respuesta argentina fue tajante, anunciando el canciller César Guzzetti que “ningún compromiso obliga a cumplir aquello que afecte intereses vitales de la Nación o que perjudique derechos de soberanía que hayan sido expresamente sometidos a la decisión del árbitro”. Videla se encontraba muy presionado por los sectores belicistas de su propio ejército, y optó por forzar una solución negociada con Chile mediante una extensa movilización militar a modo de presión y ultimátum. Los duros veían la oportunidad de doblegar a un Chile debilitado, con la justicia internacional de su parte, pero muy aislado internacionalmente, ya que había tenido la osadía de llevar la violación de DDHH a la mismísima capital de EEUU y torturar a una doctora británica.
Este aislamiento internacional, incluida la dificultad
de rearmarse -que provocó que Chile acudiese a mercados asiáticos en negro y a
sobreprecio-, hizo que la dictadura de Pinochet apostara por una estrategia
defensiva. Esta consistía en intensivos entrenamientos de sus fuerzas armadas y
la fortificación a conciencia de los territorios en liza, esperando una posible
ofensiva argentina. La intención era enfrentarla o disuadirla, a la vez que se
abría a negociar a pesar de tener la legalidad internacional de su lado. Si
bien los números y el armamento estaban en contra del lado chileno, no debía
subestimarse la fortificación de sus posiciones y su moral, unida al mito de
invencibilidad en diversos conflictos con sus vecinos (Perú, Bolivia). Además,
estamos en los años posteriores a las sorprendentes victorias israelíes frente
a sus numerosos adversarios, un paralelismo que el ejército chileno estudió
detenidamente.
La junta militar argentina era un pacto entre las ramas de sus fuerzas armadas, lo cual generaba conflictos a la hora de tomar decisiones y una oportunidad a los más duros para sabotear las negociaciones y apostar por una escalada en busca de una solución de máximos.
En la segunda mitad de 1977 y durante 1978, tuvieron lugar intentos de una negociación bilateral con diversos encuentros entre los dictadores (enero y febrero de 1978, en Mendoza y Puerto Montt). Pero el fracaso de las negociaciones y la posición argentina, calentaron a los sectores duros del gobierno chileno, partidarios de seguir la vía jurídica en la Corte Penal Internacional de la Haya, y a la prensa nacionalista de ambos países, siempre incendiaria. Si bien en Argentina el propio Videla tenía sus dudas, la presión interna y el temor a ser derrocado en caso de contradecir a los intransigentes le empujaron a apostar definitivamente por la escalada militar.
Entre mediados de 1977 y
durante 1978, ambos dictadores se reunieron en dos ocasiones y trataron de
establecer comisiones negociadoras. Sin embargo, el fracaso estrepitoso de
estas gestiones reforzó a los intransigentes en ambos lados y acercó el
conflicto.La guerra
estaba definitivamente sobre la mesa. Ambos países movilizaron sus tropas en la
frontera, los argentinos preparando una ofensiva y los chilenos una defensa y
posterior contraofensiva. Todo esto alarmó a ciertos actores internacionales.
Por un lado, estaba EEUU que, en un contexto de Guerra Fría, veía con horror
como dos dictaduras militares y anticomunistas en su área de influencia estaban
a punto de chocar. Por otro lado, estaba la Iglesia Católica, preocupada de ver
a dos países católicos enfrentados, y con una enorme influencia y autoridad
moral sobre sus respectivas fuerzas armadas. Desde sectores militares,
especialmente por el propio Videla, se ha dicho sin ninguna prueba que la URSS
y Cuba trataron de empujar para que las negociaciones fracasaran y el conflicto
estallase.
La tensión también atrajo a otros actores potencialmente interesados por el conflicto a nivel regional frente a un enemigo común, ya que Chile estaba pendiente de las aspiraciones de Perú y Bolivia, a la vez que Argentina tenía frentes abiertos con Brasil y Reino Unido (Malvinas). Al parecer hubo infructuosas consultas argentinas para garantizarse el apoyo peruano, país que precisamente unos años antes, en 1975, también había planeado atacar a Chile para retomar junto a Bolivia el territorio perdido un siglo antes en la Guerra del Pacífico (1879 – 1884). Los planes fueron frustrados ya que, a diferencia de su predecesor, el general peruano Francisco Morales Bermúdez no tenía ningún ansia por invadir Chile con el numeroso armamento soviético comprado, desaprovechando la oportunidad histórica que Argentina le brindaba de hacer una pinza mortal a un país sin profundidad estratégica. Su proyecto no era la guerra contra Chile, sino cambiar la brújula económica y política del país, sin romper con la URSS.
El asesinato del ex-canciller
chileno mediante una bomba Orlando Letelier en Washington (1976) enturbió
definitivamente la imagen de Pinochet en el exterior. Una cosa era violar los
DDHH en el interior como hacían Argentina y Chile, otra llevar estas
violaciones a ciudadanos extranjeros o a las mismas puertas de la Casa Blanca.
En 1975 el general peruano Juan Velasco Alvarado planeó invadir Chile en una masiva ofensiva utilizando el numeroso y avanzado material soviético (T-55) que había adquirido. El golpe de Pinochet fue una razón para este plan, ya que el general era aliado de la URSS y Cuba, y tenía una buena relación con el asesinado Allende. Pero el motivo principal fue sin duda retomar Arica, el territorio perdido un siglo antes. El plan se frustró por la delicada salud del general y decisión de su sucesor, el general Francisco Morales Bermúdez, de evitarlo. Esto no impidió que el Norte de Chile se sembrara con 80000 minas y enormes fortificaciones, amenazando con llevar la Guerra Fría en Sudamérica a un nivel interestatal, más allá de la guerrilla y el foquismo.
Retomando el hilo de los acontecimientos en el Canal
de Beagle, a finales de diciembre de 1978 la guerra se aproximaba
peligrosamente. Entre los días 21-22 la sangre estuvo a punto de llegar al río,
con la proyectada Operación Soberanía por parte de Argentina. Esta consistía en
una invasión terrestre y naval argentina sobre las zonas en litigio y el Chile
continental, fuertemente protegidas por la armada y el ejército chilenos. Más
de 100000 soldados argentinos se desplegaron en la frontera chilena, mientras
las inferiores fuerzas chilenas se preparaban para enfrentar la arremetida y
ambas flotas se disponían a colisionar.
In extremis, la presidencia argentina logró arrebatar
el control de las negociaciones al ala dura, haciéndolo recaer en diplomáticos
civiles. De este modo, se posibilitaba la materialización de la mediación
papal, al aceptarla también Chile. A pesar de tener la batalla legal ganada, el
gobierno chileno temía un contexto internacional adverso y veía inminente la
ofensiva argentina. El 26 de diciembre aterrizó en la zona el nuncio papal, el
cardenal Antonio Samoré. Este comenzó una serie de contactos y negociaciones
que hicieron que el 8 de enero de 1979 ambos países firmen el Acta de
Montevideo, pidiendo formalmente la intervención del Vaticano y renunciando a
resolver el problema por la fuerza. Era el mediador perfecto, ya que ninguno de
los dos regímenes podía enfrentarse a la Iglesia, dado el enorme peso moral que
tenía en sus respectivos sistemas.
La diplomacia vaticana empezó a trabajar, entregando a ambas partes una propuesta de solución en diciembre de 1980, según la cual Chile conservaba las islas con 12 millas de mar, mientras que un inmenso dominio marino de 118000 km cuadrados quedaría bajo jurisdicción argentina, aunque Chile gozaría del 50% de sus recursos. De nuevo se repitió el mismo resultado, con Chile aceptando la propuesta y el régimen militar argentino desgarrándose internamente al no poder rechazar directamente una propuesta del Vaticano, pero tampoco claudicar ante la presión interna nacionalista.
El Vaticano fue el mediador perfecto en el conflicto, ya que ambas dictaduras militares se jactaban de ser profundamente católicas, lo cual lo convertía en un referente moral a quien no podían contradecir.
Durante numerosos meses el escenario se congeló, pareciendo estar cercano al naufragio por diversos hechos. En primer lugar, ambos países detuvieron a ciudadanos del otro acusándolos de espionaje, llegando a cerrarse la frontera por el arresto de dos oficiales argentinos. Además, en mayo de 1981 el Juan Pablo II sufre un atentado, mermando su capacidad negociadora, a la vez que falleció el nuncio papal Antonio Samoré, enviado especial fundamental en la resolución de la crisis inicial. Mientras tanto, en Argentina los halcones tomaron el poder de la mano del general Galtieri, retirándose de los acuerdos internacionales que permitían acudir a Chile a la Haya y estallando la Guerra de las Malvinas (1982) con Reino Unido. Se trataba de una apuesta por el patriotismo para tratar de salvar al régimen, con el justificado temor chileno de que una victoria envalentonase a los militares porteños para retomar la Operación Soberanía. De hecho, Chile apoyó logísticamente a los británicos, aparte consolidarse desde entonces como puerto seguro de abastecimiento para unos isleños aislados geográficamente de su metrópoli, levantando más ampollas en el nacionalismo argentino.
La situación de bloqueo se resolvió al perder
Argentina la Guerra de las Malvinas y ganar Raúl Alfonsín las elecciones (30
octubre 1983), volviendo la democracia. Se retomaron las negociaciones y, en
octubre de 1984, se llegó por fin al acuerdo definitivo. Se solventaba el
litigio reconociendo la soberanía chilena de las islas, 3 millas circundantes y
solo 9800 km cuadrados de los 118000 en liza, aparte de garantizar unos
regímenes de navegación aceptables y establecer un sistema de litigios, con el
Papa como garante. Aparte de todo ello, el acuerdo iba mucho más allá,
apostando por una mayor integración económica y política de ambos países,
construyendo infraestructuras e intereses comunes.
Pero el asunto no terminó aquí, ya que, una vez logrado el acuerdo, había que venderlo a la siempre delicada opinión pública nacional. A ambos lados no faltaron exaltados militares y nacionalistas que consideraron el tratado una traición. En el caso chileno, donde aún resistió la dictadura de Pinochet hasta 1991, se le achacó no haber seguido la vía legalista hasta el final y ceder parte del mar con una sentencia favorable. En Argentina, ya en democracia, hubo una oposición similar desde los militares, pero fue acallada de forma sonora por el gobierno de Raúl Alfonsín mediante un referéndum el 25 de noviembre en el que ganó contundentemente con un 81% a favor y una participación del 70%.
El acuerdo final entre ambos países con la mediación vaticana. (Imagen: Rey Caro, 1986)
Finalmente, el 29 de noviembre de 1984 se firmó en Roma el Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile, ratificado en mayo de 1985 por ambos gobiernos. Se cerraba así un conflicto de un siglo y empezaba una positiva relación de vecindad tras haber estado al borde un conflicto armado. El referéndum argentino no solo dio un sí a un tratado, reforzó la democracia argentina y derrotó a los fantasmas del pasado. No solo se solventó un caramelo envenenado legado por el anterior régimen, sino que el referéndum fue la mejor materialización de que la toma de decisiones ya no se realizaba en los cuarteles. Del conflicto solo quedan ya las ruinas de las posiciones defensivas chilenas, incluidos los campos de minas que se siguen desactivando hoy en día.
Lo que ocurrió estos años a cuenta del Canal de Beagle
es un caso paradigmático de choque entre dos dictaduras militares de
ultraderecha, rompiendo la visión binaria y monolítica de la Guerra Fría y
dando protagonismo al arbitraje y la mediación, en este caso por parte de la
Corona Británica y el Vaticano. La mediación eclesial fue efectiva en este
caso, con el ejército dividido y la Iglesia unida en evitar un conflicto
fratricida, pero no fue así en el caso de los DDHH, en el cual la situación
inversa, con el ejército unido a su favor y la Iglesia dividida. El caso
también deja al desnudo la complejidad de la toma de decisiones en una
dictadura militar más allá de las apariencias y es un preludio del ataque a las
Malvinas, donde las amenazas y preparativos argentinos terminarán ejecutándose
con desastrosas consecuencias.
Muchas veces se analizan los conflictos que han
llegado a estallar, y se olvidan aquellos que se evitaron, salvando a las
poblaciones de la peor de las situaciones posibles frente a las siempre
existentes voces que llaman a derramar sangre. El desastre estuvo cercano entre
estos dos regímenes militares, aparentemente aliados en lo ideológico, pero
enemigos en cuanto a intereses nacionales. La importancia de la nación y la
religión, de las vísceras y los mitos frente a la razón queda plasmada en esta
crisis que, si algo bueno nos ha dejado, ha sido la voz de León Gieco cantando
a la paz, mostrando que no todo eran proclamas chovinistas.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
* Alles, Santiago M. “De la Crisis del Beagle al
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dos niveles”, Revista del Instituto de
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idealista de las relaciones internacionales en el conflicto del Beagle entre
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2010
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* Rodríguez Elizondo, José. Chile-Perú: temas para después de La Haya:
Augusto Pinochet, la concertación y Sebastián Piñera ante la estrategia peruana,
Planeta Chilena, Santiago de Chile, 2010.
Villar, Andrés. “El
desconocido papel de Estados Unidos en la crisis del Canal de Beagle”, Revista del Instituto de Estudios
internacionales de la Universidad de Chile, Nº 178, 2014, pgs. 35-64.
* Gieco, León. Solo le pido a Dios (1978) canción
ante el inminente conflicto entre Chile y Argentina.
https://www.youtube.com/watch?v=Gvyl_zdji2k
*Fuente: https://archivoshistoria.com/la-cuasiguerra-entre-chile-y-argentina-en-1978






