RESTOS NAÚFRAGOS DE LA CORBETA ESMERALDA
Los restos náufragos de la Corbeta Esmeralda se encuentran en el fondo del mar frente a la bahía de Iquique, donde se hundió el 21 de mayo de 1879 durante el llamado Combate Naval de Iquique.
La barca fue
fabricada en astilleros ingleses entre los años 1854 y 1856, siendo bautizada
el 18 de septiembre de 1857. Su nombre honra el hecho de armas ocurrido en
1820, cuando Lord Thomas Alexander Cochrane abordó la fragata española
homónima, sacándola fuera de El Callao.
La corbeta tenía
casco de madera y aparejo de tres palos. Desplazaba 850 toneladas; la energía
que movía sus máquinas era producida por cuatro calderos, y le permitían
alcanzar una velocidad máxima de entre 7 y 8 millas por hora. Originalmente, su
artillería constaba de veinte cañones de 32 libras y dos de 12.
Durante sus primeros años de servicio, la Esmeralda sirvió fundamentalmente para el aprendizaje de los futuros marinos. Su estreno en operaciones bélicas ocurrió en 1864, en el contexto de la guerra librada entre Chile y España. Bajo las órdenes del comandante Juan Williams, la Esmeralda capturó en Papudo a la Covadonga, goleta hispana que también fue utilizada en la Guerra del Pacífico.
El primer escenario de la guerra contra Perú y Bolivia fue el mar. Durante los primeros días de mayo las tropas chilenas decidieron atacar el puerto de El Callao, en Perú, misión a la que se destinó el grueso de la escuadra, al mando del ahora Almirante Williams.
La Esmeralda y
la Covadonga quedaron encargadas de mantener el bloqueo de Iquique; la primera
por cuanto se efectuaban urgentes reparaciones en sus calderas. Arturo Prat fue
designado jefe de la corbeta, en tanto Carlos Condell quedó a cargo de la
goleta.
La escuadra
chilena se cruzó con la peruana, sin que ninguna de las dos lo advirtiera, en
un neblinoso 19 de mayo. El comandante peruano Mariano Ignacio Prado se enteró
en Arica de los movimientos de la escuadra chilena, y envió al Huáscar y a la
Independencia a quebrar el bloqueo de Iquique. La fragata Independencia
alcanzaba gran velocidad y estaba dotada de un excelente armamento.
El Huáscar, en
tanto, comandado Miguel Grau, era un navío férreamente acorazado que contaba
entre sus más temibles armas un agudo espolón. Al levantarse el sol el 21 de
mayo de 1879, el Huáscar y la Independencia aparecieron ante la vista de los
marinos chilenos. Identificadas las naves se procedió a tocar zafarrancho de
combate.
Prat mandó a la tripulación tomar desayuno y vestirse con su mejor ropa; poco después, tomó su puesto bajo la toldilla, y arengó a los presentes con heroicas frases.
Poco después, el Huáscar lanzó su primera bala; la embestida por mar fue complementada por el fuego que desde tierra abrieron las baterías peruanas. Condell, en una decisión que a la larga probó su acierto, emprendió la retirada con la Covadonga, siendo perseguida por la Independencia, que terminaría encallada y luego capturada por la goleta.
A las 11 de la
mañana, los disparos del Huáscar ya habían causado perjuicios considerables a
la inferior Esmeralda, que de hecho se quedó sin calderas en operación, y con
un agujero que iba de babor a estribor. La corbeta, sin embargo, respondía con
su artillería pesada y con un nutrido fuego de rifles y fusiles, que causaba
pocos estragos en la firme coraza del monitor.
El comandante Grau resolvió utilizar el espolón, a fin de apurar un desenlace ya previsto. El primer espolonazo del Huáscar se efectuó por babor. En una acción decidida desde antes, Arturo Prat aprovechó el momento para abordar la nave enemiga, llamando a viva voz a sus hombres a seguirlo, pero la muerte del corneta y el fragor de la batalla determinaron que sólo el sargento Juan de Dios Aldea y un tercer marino oyeran la orden.
En la cubierta enemiga, estos tres valientes encontraron la muerte por disparos de fusil, efectuados desde infranqueables torretas. Un segundo espolonazo permitió a Ignacio Serrano y una decena de hombres emular a Prat.
Cerca del
mediodía, la tercera embestida del acorazado determinó el hundimiento de la
Esmeralda, cuya tripulación estaba ya prácticamente diezmada. Otros tantos
murieron al ser succionados por la nave en su trayecto a las profundidades.
Unos 50 afortunados sobrevivirían, y darían su testimonio de lo que aconteció a
bordo de la corbeta ese día. Los restos de la nave hoy son custodiados por la
Armada de Chile. El lugar está marcado por una boya.